ERMITA DE SAN SEBASTIÁN – ÓRGIVA Erigida a finales del siglo XVI

ERMITA DE SAN SEBASTIÁN - ÓRGIVA

ERMITA DE SAN SEBASTIÁN – ÓRGIVA

Después de visitar en Órgiva la Iglesia de la Expectación y sus alrededores, preguntamos a un orgiveño que andaba con cierta prisa, cómo podíamos subir hasta a la ermita de San Sebastián.

Muy amablemente nos enseñó el recorrido, y nos aconsejó, que a pesar de que se puede subir en vehículo propio fuéramos caminando, pues íbamos a atravesar y descubrir uno de los barrios más antiguos de la ciudad, “la historia viva de Órgiva” nos comentó, donde se conserva algún que otro tinao. Esa tarde, a pesar de que nosotros también andábamos escasos de tiempo, decidimos hacerle caso (como no podía ser de otra manera). Dejamos el coche aparcado en la Plaza de la Alpujarra, y enfilamos nuestros pasos hacia el Barrio Alto. Ciertamente tenía razón, el paseo hasta la ermita de San Sebastián, entre casas encaladas de blanco, estrechas y empinadas calles mereció la pena.

Al llegar arriba de la colina, unas estupendas vistas del pueblo y parte de la comarca se abrieron ante nosotros.

Es sin lugar a dudas, un punto estratégico para construir una fortificación defensiva.

Aquí nos encontramos con una plaza, en cuyo centro se haya una pequeña ermita de planta octogonal, rematada por una cúpula, que nos hace recordar a otras ermitas de San Sebastián, erigidas sobre morabitos. San Sebastián es el patrón de Órgiva desde finales del siglo XVI.

PORTADA – ERMITA DE SAN SEBASTIÁN – ÓRGIVA

PORTADA – ERMITA DE SAN SEBASTIÁN – ÓRGIVA

En el lateral derecho y frente a la portada de la ermita, se encuentra sobre un pedestal cuadrado, una cruz de piedra, de tipología latina. Fue levantada probablemente por suscripción popular, durante las epidemias de peste del siglo XVIII.

La ermita se erigió sobre los restos de una antigua fortaleza visigoda, reutilizada por los musulmanes. Tras la Conquista, en el siglo XV, los espacios religiosos musulmanes de órgiva, fueron echados abajo o retomados para el culto cristiano. Creemos que este fue el caso de la Ermita de San Sebastián, aunque no se respaldó canónicamente hasta el siglo XVI. Es Pedro de Castro y Quiñones, arzobispo de Granada, quien en 1591, erigió canónicamente esta ermita a raíz de una epidemia de peste bubónica. La epidemia azotó tanto esta comarca como otras cercanas, y causó un gran numero de víctimas en los pueblos de la Alta Alpujarra.

En 1724 hubo otra epidemia, pero en este caso tanto Órgiva, como Cáñar, Soportújar y Carataunas, quedaron milagrosamente salvados de la enfermedad. Esto incrementó la devoción a San Sebastián como protector de la peste. Desde 1725 en agradecimiento al Santo se celebran las fiestas patronales cada 20 de Enero.

En un cartel informativo situado en uno de sus muros, se puede leer.

 En 1589 se abrigaron los cimientos de la ermita sobre el solar del viejo castillo. Presenta una sencilla arquitectura constituida por una pequeña nave, de forma octogonal, con soporte o porche exterior, coronado por una típica espadaña, con hueco para colocar la campana. Ocupa una extensión de 130 metros cuadrados y no presenta estilo determinado en sencilla arquitectura.

Durante la Guerra Civil, la ermita de San Sebastián quedó casi destruida. En 1951 se retomaron los trabajos de reconstrucción, se arregló la solería, se modificó la portada y se afirmó la cimentación del templo, debido sobretodo a que Órgiva se encuentra en una zona sísmica.

El interior del templo conserva el retablo original realizado en yeso, donde se venera la imagen de San Sebastián. A los lados del Santo patrón de Órgiva, se encuentran las capillas de Santa Ana y de Nuestra señora de la Aurora.

Cuenta una antigua leyenda del pueblo que no solo San Sebastián los libró dos veces de la peste, en 1591 y 1724, sino que también los auxilió, para que Órgiva no fuese arrasada por las aguas torrenciales. Se dice que durante una gran riada provocada por fuertes tormentas, los devotos de Órgiva, acudieron al patrón para que les ayudara, y que los barrancos que iban rebosantes de agua no arrasaran el pueblo. En el transcurso de la tormenta una gran piedra fue arrastrada desviando el curso del agua e impidiendo que llegara hasta la localidad. Cuando la gente subió a darle las gracias al santo, quedaron atónitos al ver que los pies de San Sebastián estaban manchados de barro, creyendo entonces que el santo bajó de su altar, desvió el curso del río y protegió el pueblo.

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