PLACETA DE LA MIGA Su nombre nos recuerda a los primeras escuelas de párvulos

PLACETA DE LA MIGA - GRANADA

PLACETA DE LA MIGA – GRANADA

Uno de los miradores más encantadores que tiene Granada, es sin lugar a dudas el mirador del barrio de la Churra. Desde allí puedes admirar el Albaicín con una perspectiva totalmente diferente. Este barrio fue ocupado desde el siglo XIV con africanos provenientes de las sierras de Vélez de la Gomera, conocidos como Gomeres. Eran la guardia personal del Emir, e iban a servir en las milicias. Los Gomeres se fueron asentando por el cerro del Mauror (Mawrûr), o “de los Aguadores”, en referencia a las personas  que vivían allí y que iban a vender agua a la ciudad.

Para llegar al Mirador de la Churra, pasaremos por la Placeta de la Miga, que se encuentra, subiendo a la izquierda, a mitad de la Cuesta de Gomérez. En ella nos pararemos unos instantes y tomaremos algunas notas. La toponimia de esta placeta hace referencia a la existencia en la zona de “escuelas migas”.

Las escuelas migas ya existían en el siglo XVI y estuvieron funcionando hasta el primer tercio del siglo XX. Consistían en unas pseudo-escuelas, o más  bien un sistema de parvulario surgido de la necesidad. Las familias menos pudientes dejaban a cargo de una mujer de la zona, ya fuera viuda o soltera, el cuidado de sus hijos menores de seis años, mientras que ambos padres se iban a trabajar. Las niñas eran admitidas hasta los 10 años.

PLACETA DE LA MIGA

PLACETA DE LA MIGA

“Las escuelas de amiga”, eran conocidas también como escuelas-miga o simplemente “migas”. Eran aulas no regladas, fueron el germen de las guarderías, y cumplían una doble función. Por un lado, la de asistencia social en relación a los padres y madres trabajadores, por lo general jornaleros, que tenían en ellas recogidos a los niños y los apartan de los peligros de la calle. Por otro, la educativa, en cuanto que en ellas se iniciaba a los niños en algunos conocimientos de las primeras letras, y cuentas, mientras que a las niñas se les instruía en las labores domésticas.

Con el tiempo, las escuelas migas se fueron ampliando e institucionalizando, y recibían la visita de un inspector que hacía un informe sobre la preparación de las maestras. Durante el reinado de Carlos III se reguló esta actividad, y se redactaron las disposiciones para optar a maestro miga, mediante una real provisión. Debían de acreditar que fueran “onrrados de vida y costumbres, christianos viejos sin mezcla de mala sangre”. Además tenían que presentar un certificado expedido por la iglesia, de haber aprobado el examen de doctrina cristiana. También debían de pasar un examen elemental de matemáticas y escritura, y una vez superados los requisitos se presentaban a la Hermandad de San Casiano para que emitiera el titulo de maestro. A los que no pasaban las pruebas se les prohibía la coeducación. Ni decir tiene que existían escuelas migas separadas  de niños y niñas.

Como curiosidad contar que en el siglo XVIII se convocaban premios a la mejor maestra Amiga. En estos concursos se premiaba a la maestra que presentara más niñas “instruidas en las labores de su sexo y en la doctrina cristiana”.

Para finalizar os dejamos parte del romance “Hermana Marica” que escribió Luis de Góngora, en 1580. Quizás sea este el primer poema donde se hace referencia a las escuelas amigas.

Hermana Marica,
mañana, que es fiesta,
no irás tú a la amiga,
ni yo iré a la escuela.

Pondráste el corpiño
y la saya buena,
cabezón labrado,
toca y albanega;
y a mí me pondrán

mi camisa nueva,
sayo de palmilla
media de estameña,
y si hace bueno
trairé la montera

(….)

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