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El Panderete de las Brujas: magia, misterio y arqueología en una colina granadina

    El Panderete de las Brujas: magia, misterio y arqueología en una colina granadina

    Pocos lugares de Granada concentran tanta historia, leyenda y magnetismo como el Panderete de las Brujas, ese curioso montecillo que se eleva tras la Cartuja y el barrio del Albaicín . También conocido como Monte Sombrerete o Golilla de Cartuja, es un pequeño promontorio de silueta redondeada que, visto desde lejos, parece un sombrero puesto sobre la cabeza de la ciudad. Hoy luce coronado por antenas y carreteras modernas, pero bajo su piel de tierra y piedra late una de las historias más antiguas —y más fantásticas— de Granada.

    Un cerro con sospechoso aspecto de tumba

    Ya en el siglo XIX, Manuel Gómez Moreno advirtió que el cerro tenía algo raro. “Parece cortado intencionadamente por occidente y sur”, escribió, insinuando que podría tratarse de un túmulo ibérico o céltico. A su juicio, aquella colina no era completamente natural: quizá había sido moldeada por manos humanas hace más de dos mil años. Las gentes del lugar, que nunca han necesitado mucha excusa para imaginar, sostenían que dentro del monte existía “una habitación con poyos para sentarse”, una descripción que encaja con las cámaras funerarias ibéricas reservadas a jefes o reyes.

    La hipótesis no era descabellada. En las cercanías se conocen restos de oppida iberos y necrópolis prerromanas, como las del Mirador de Rolando y el Cercado de Cartuja, además de túmulos semejantes en Pinos Puente y Víznar. Si alguna vez se confirmara que el Panderete es en realidad la tumba monumental de un antiguo jerifalte ibero, Granada ganaría un capítulo nuevo en su prehistoria. Pero, como suele ocurrir con los misterios más encantadores, el cerro aún no ha sido excavado.

    La emboscada del Gran Capitán

    El Panderete de las Brujas: magia, misterio y arqueología en una colina granadina

    El Panderete no sólo fascina a los arqueólogos. También protagoniza uno de los episodios más noveleros de la Guerra de Granada. Cuentan las crónicas que Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, subió al cerro para observar la ciudad nazarí y la Alhambra. Pero fue descubierto por los vigías de Fajalauza y sufrió una emboscada que acabó con la vida de sus dos escuderos. Reza la leyenda que salvó el pellejo gracias a la providencia de San Bruno, y en agradecimiento prometió fundar allí un monasterio. Cumplió su palabra: nació así la Cartuja Vieja, en la misma ladera del Sombrerete.

    Sin embargo, los monjes cartujos duraron poco. Entre rumores de brujería, muertes inexplicables y apariciones, abandonaron el convento en 1519 y se trasladaron más abajo, a terreno llano. Desde entonces, el cerro cargó con una reputación inquietante: “el monte de las brujas”.

    Aquelarres, lavanderas y la Inquisición

    Durante siglos, las mujeres del Albaicín subían a las praderas de la Golilla para tender la ropa, galantear o celebrar romerías junto a las aguas de la acequia de Aynadamar. A ojos de los nuevos cristianos, aquellas reuniones moriscas parecían ritos paganos. En el siglo XVI, los rumores de “rituales prohibidos” comenzaron a circular, y en 1559 la Inquisición de Granada, instalada en la iglesia de Santiago, inició procesos contra las supuestas brujas del lugar. En los registros del siglo XVII figuran 22 mujeres procesadas por brujería en la Golilla de Cartuja. Eran, en realidad, víctimas de supersticiones, pobreza o independencia: demasiado libres para el gusto de su tiempo. Desde entonces, el topónimo “Panderete de las Brujas” se quedó grabado como marca de infamia… o de libertad femenina, según cómo se mire.

    El Panderete de las Brujas: magia, misterio y arqueología en una colina granadina

    El periodista J. Giménez Serrano, en el Semanario Pintoresco Español (1848), recogió el eco de esas supersticiones: 

    “Los sábados se oyen el revolar de las brujas y el sonido de las panderas, pues éste es el lugar de sus conciliábulos”. 

    Otros autores ampliaron el mito: un cuento mozárabe aseguraba que el diablo, en forma de macho cabrío, se escondía bajo el monte, en una cueva donde acudían las brujas a rendirle pleitesía.

    Entre la mina de oro y la cueva del príncipe

    El siglo XIX añadió nuevas capas al enigma. Se decía que el Sombrerete escondía una veta de oro y que algunos buscadores habían intentado abrir túneles en sus entrañas hacia 1825. Los niños del barrio, mucho más prácticos, usaban aquellas cavidades para jugar, hasta que los mayores empezaron a contarles historias de desaparecidos para mantenerlos alejados.

    Y por si faltaba una trama romántica, el escritor Rodrigo Amador de los Ríos relató la historia de un príncipe árabe que descubrió una galería dentro del monte con “piedras hincadas a modo de asientos” y un esqueleto humano. Convirtió la cueva en mazmorra para encerrar a una cautiva cristiana que no quiso amarlo. ¿Leyenda o metáfora de las heridas entre culturas que Granada ha conocido tan bien?

    El eco literario y romántico

    El aura del Panderete también sedujo a los escritores románticos. Francisco Martínez de la Rosa, en su novela Doña Isabel de Solís, reina de Granada (1839), situó parte de sus descripciones en los alrededores de la Golilla de Cartuja y la acequia de Aynadamar, escenarios donde el paisaje se convierte en símbolo del amor y la fatalidad. En ese contexto, el monte funciona casi como un personaje: un mirador cargado de memoria, misterio y presagios.

    El Romanticismo supo ver en este cerro lo que tantos granadinos sienten todavía: un pequeño universo donde se cruzan la belleza natural, la historia guerrera, el mito de las brujas y el rumor de lo sagrado.

    Descubre la fascinante historia del Panderete de las brujas

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    Un misterio que resiste el tiempo

    Hoy, el Panderete de las Brujas sigue ahí, algo mutilado por las carreteras y las antenas, pero todavía majestuoso en su silencio. Nadie ha comprobado si en su interior hay una tumba, una mina o una sala de piedra con poyos. Lo que sí es seguro es que cada capa de tierra encierra siglos de curiosidad humana: la del guerrero que prometió un monasterio, la de las mujeres que buscaron libertad en las laderas, la del arqueólogo que sospechó un túmulo ancestral y la del narrador que oyó revolar panderas en la noche.

    Quizá, algún día, una excavación revele la verdad. Mientras tanto, el cerro seguirá siendo lo que siempre fue: una colina mágica donde la historia y la fantasía se dan la mano para contar, una vez más, el hechizo de Granada.

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