
Antes de que los conventos de clausura dominaran el paisaje espiritual de Granada, existió otra forma de ser mujer y ser devota. Las beguinas —y su equivalente castellano, las beatas— fundaron comunidades propias sin regla aprobada por Roma, sin votos perpetuos y sin la tutela de ningún hombre. En Granada, esa historia tiene nombre, fecha y un edificio concreto.
¿Quiénes fueron las beguinas?

El movimiento beguinal surgió en los Países Bajos y el norte de Francia hacia finales del siglo XII. Eran mujeres laicas y devotas que decidieron vivir en comunidad sin ingresar en un convento ni pronunciar votos perpetuos. Trabajaban —principalmente en el sector textil—, atendían a enfermos y pobres, practicaban la oración contemplativa y, en muchos casos, escribían teología mística de alto nivel.
La diferencia con una monja era fundamental: la beguina podía marcharse. No era una oblata entregada de por vida a una institución eclesiástica; era una mujer autónoma que elegía, de forma revocable, una forma de vida espiritual y comunitaria.
«El movimiento de las beguinas fue la primera forma de vida religiosa femenina organizada que escapó de cualquier tipo de clasificación y control eclesiástico.»
Universidad Complutense de Madrid, tesis doctoral sobre la espiritualidad beguinal
Las beatas: la versión castellana de las beguinas
En la Península Ibérica el fenómeno adquirió características propias. La palabra beguina apenas se usó; en su lugar, el término que se impuso fue beata. Según la historiadora María del Mar Graña Cid, profesora de Historia Medieval en la Universidad Pontificia Comillas y máxima autoridad académica española sobre el tema, las beatas castellanas compartían con las beguinas nórdicas los rasgos esenciales: vida en comunidad o en solitario fuera del convento, sin regla aprobada, combinando contemplación y acción social.

La diferencia importante residía en que, mientras los grandes beguinajes flamencos eran comunidades numerosas y bien organizadas —el de Brujas llegó a albergar 152 mujeres en su apogeo del siglo XV—, los beaterios andaluces tendían a ser grupos más pequeños, a menudo vinculados a una orden mendicante (dominicos o franciscanos) que los supervisaba sin absorberlos del todo.
La investigadora Ángela Atienza López documentó en 2007 el proceso histórico en toda España: muchos beaterios acabaron convirtiéndose en conventos de clausura, especialmente tras las reformas impulsadas por el Cardenal Cisneros y los Reyes Católicos a finales del siglo XV. La Inquisición y la presión institucional aceleraron esa transformación o, directamente, disolvieron comunidades enteras.
Granada: una ciudad que llegó tarde al mapa cristiano

Aquí entra en juego la singularidad granadina. Mientras en Córdoba, Sevilla o Toledo las comunidades de beatas llevaban generaciones asentadas —la propia Graña Cid documentó veintitrés beaterios en Córdoba durante el siglo XV—, Granada era una ciudad diferente.
El 2 de enero de 1492, Boabdil entregó las llaves de la Alhambra a los Reyes Católicos. Granada no era una ciudad repoblada gradualmente a lo largo de siglos; era una capital nazarí que de la noche a la mañana pasó a manos castellanas. Eso significaba que toda la infraestructura de religiosidad femenina cristiana —conventos, beaterios, parroquias, hospitales— había que construirla desde cero sobre el tejido urbano de una ciudad islámica.
Los Reyes Católicos, conscientes de ello, pusieron especial atención en la cristianización del Albaicín. La fundación del Convento de Santa Isabel la Real fue uno de los hitos de ese proceso. Pero junto a las grandes fundaciones reales, existió un fenómeno más silencioso: las comunidades de beatas que, procedentes de otras ciudades castellanas y andaluzas, se instalaron en la ciudad recién conquistada.
El Beaterio de Santa Catalina de Sena: el primer registro histórico documentado
El único beaterio granadino del que disponemos de investigación académica sistemática es el Beaterio Dominico de Santa Catalina de Sena, estudiado en profundidad por la historiadora María Luisa García Valverde, de la Universidad de Granada, en su trabajo publicado en 2017 dentro del volumen colectivo Clarisas y dominicas: modelos de implantación, filiación, promoción y devoción en la Península Ibérica, Cerdeña, Nápoles y Sicilia (Firenze University Press).
Según García Valverde, este beaterio fue el primero que se estableció en Granada y el único que mantuvo una estructura híbrida a lo largo de toda su existencia. Es decir: nunca terminó de convertirse en un convento de clausura plena, conservando durante generaciones esa ambigüedad característica de las comunidades beguinales más resilientes.
«Este trabajo analiza los movimientos de religiosidad femenina en Granada a través del estudio del beaterio de dominicas de Santa Catalina de Sena, el primero que se establece en la ciudad y el único que mantuvo una estructura híbrida a lo largo de su existencia.»
García Valverde, M.L. (2017), Reti Medievali E-Book, Firenze University Press
Su vinculación con los dominicos era característica de los beaterios andaluces de la época. Como documentó el historiador José María Miura Andrades en su estudio sobre las beatas andaluzas en la Baja Edad Media, la Orden de Predicadores desempeñó un papel clave como patrocinadora informal de muchas comunidades femeninas en el sur peninsular, una relación que daba a las beatas cierta protección institucional sin eliminar su independencia.
Cronología del fenómeno beguinal en Granada

Lo que las distinguía: autonomía, trabajo y mística
Las beatas granadinas compartían con sus antepasadas flamencas tres rasgos fundamentales que las hacían incómodas ante la jerarquía eclesiástica y fascinantes ante la historia.
Autonomía sin clausura
A diferencia de las monjas, las beatas no estaban sometidas a clausura obligatoria. Podían circular por la ciudad, atender a enfermos en sus domicilios, vender productos en el mercado y, crucialmente, no dependían de la autorización de ningún hombre para tomar sus decisiones cotidianas. Su comunidad elegía a su propia responsable —la Grande Dame en el vocabulario flamenco— de forma democrática y por tiempo limitado.
Trabajo y autosuficiencia
Los beaterios no vivían de la caridad ni de las rentas de grandes familias nobles en exclusiva. Las beatas trabajaban. El textil fue históricamente el oficio más documentado entre las beguinas nórdicas; en Andalucía, las actividades variaban según el contexto urbano. Esa autosuficiencia económica era otro elemento de su independencia —y otra fuente de suspicacia por parte de quienes creían que la pobreza voluntaria y la dependencia de limosnas era la única forma aceptable de vida religiosa femenina.
Espiritualidad mística y producción escrita
El movimiento beguinal produjo algunas de las obras de teología mística más importantes del Medievo europeo. Hadewijch de Amberes (siglo XIII), Mechthild de Magdeburgo y Margarita Porete —esta última quemada en la hoguera en 1310 por su libro El espejo de las almas simples— son los nombres más célebres. En España, la figura equivalente en el ámbito de la mística femenina informal es Juana de la Cruz, estudiada también por Graña Cid.
Las beatas andaluzas y granadinas no produjeron obras místicas de esa proyección, pero sí formaban parte de redes de espiritualidad femenina intensa que los frailes dominicos y franciscanos toleraban, a veces promovían y, con frecuencia, intentaban controlar.
La presión que acabó con muchas comunidades

El siglo XVI fue implacable con las beatas. El ambiente reformista nacido del Concilio de Trento, la presión inquisitorial sobre cualquier forma de religiosidad no reglada y la política del Cardenal Cisneros de encuadrar la vida religiosa femenina dentro de estructuras conventuales reconocibles convirtieron en marginales a quienes rechazaban ese encuadramiento.
En Granada, el contexto era especialmente delicado: la ciudad seguía siendo un territorio de frontera religiosa. La presión sobre los moriscos —forzados a bautizarse en 1502 tras el decreto real— llenó las calles de conversos cuya sinceridad la Inquisición ponía permanentemente en duda. En ese clima de suspicacia generalizada, una comunidad de mujeres que leían la Biblia por su cuenta y tomaban sus propias decisiones espirituales resultaba cuando menos llamativa.
El proceso fue gradual: muchos beaterios se convirtieron en conventos de clausura cuando un patrón noble o una orden regular conseguían los permisos papales necesarios. Otros simplemente se disolvieron. El Beaterio de Santa Catalina de Sena fue la excepción granadina notable: mantuvo su naturaleza híbrida durante generaciones, como una pequeña victoria silenciosa de esa tradición de autonomía femenina.
El legado actual: investigación y recuperación de memoria

Durante siglos, la historia de las beatas y beguinas fue un capítulo enterrado en archivos eclesiásticos y disuelto en la narrativa oficial de los grandes conventos de clausura. La historiografía feminista de las últimas décadas ha emprendido la tarea de desenterrarla.
En España, los trabajos de María del Mar Graña Cid (Universidad Pontificia Comillas), José María Miura Andrades (Universidad Pablo de Olavide de Sevilla) y María Luisa García Valverde (Universidad de Granada) han convertido a las beatas andaluzas en objeto de estudio académico serio. En 2018, Graña Cid publicó en la revista Estudios Eclesiásticos un análisis comparado de la caridad y acción social de beguinas y beatas entre los siglos XIII y XV que es hoy una referencia de obligada consulta.
En 1998, la UNESCO declaró los beguinajes flamencos Patrimonio de la Humanidad. El de Brujas —que en su apogeo medieval albergó a 152 mujeres— es visitable hoy. No hay ningún beguinaje superviviente en Granada, pero los archivos de la Universidad de Granada y del Archivo Histórico Diocesano conservan la documentación que permite reconstruir esa historia de mujeres que, en la Granada recién conquistada del siglo XV, eligieron vivir la fe en sus propios términos.
Referencias académicas principales
- García Valverde, M.L. (2017). «Beatas dominicas en Granada: el Beaterio de Santa Catalina de Sena». En: Clarisas y dominicas. Firenze University Press. ISBN 978-88-6453-675-0, pp. 269-289.
- Graña Cid, M.M. (2018). «Vivir la vida celestial: caridad y acción social en beguinas y beatas (siglos XIII-XV)». Estudios Eclesiásticos, 93(366), 511-550.
- Graña Cid, M.M. (2012). «Beatas y comunidad cívica». Anuario de Estudios Medievales, 42(2), 697-725.
- Miura Andrades, J.M. (1988). «Beatas y beaterios andaluces en la Baja Edad Media». En: Actas del V Coloquio Internacional de Historia Medieval de Andalucía. Diputación de Córdoba, pp. 527-535.
- Atienza López, Á. (2007). «De beaterios a conventos: nuevas perspectivas sobre el mundo de las beatas en la España Moderna». Historia Social, 57, 145-168.
- Rivera Garretas, M.M. (2005). «Las beguinas y beatas, las trovadoras y las cátaras». En: Historia de las mujeres en España y América Latina. I. Cátedra, pp. 713-743.