
Le gustaba el olor a tierra mojada, así que, en un momento en que paró el aguacero, en lugar de frenar puso punto muerto y dejó que la velocidad fuera cayendo poco a poco. En cuanto vio una zona de talud bajo, aprovechó para detener su coche a un lado de la carretera. Lo primero que hizo fue apagar la música. No le gustaba que sonara en espacios abiertos. Menos a ese volumen. Se dio un momento para respirar con hondura y salió. Tenía los ojos húmedos. Quizás aún quedaran gotitas de agua en el aire. El olor a lluvia, embriagaba. Y se acercó con paso calmo a los viñedos. Arrancó un racimo y lo probó allí mismo. El sabor de los granos era dulce. Apretó unas bayas entre los dedos y el hollejo se rasgó limpiamente, señal de que la vendimia estaba próxima. Observó cómo la silueta de las hojas iluminadas se recortaba contra el cielo de argén. En la segunda fila de cepas, había un cuévano roto. Y, aunque nunca había estado en La Toscana, pensó que la llanada de La Mancha podría parecerse a aquel paisaje. Y, acaso pretendiéndolo, recordó de nuevo a Giulia, de cuyo nombre no quería acordarse…
José Ignacio Tamayo Pérez