
Una brisa suave alienta las ramas de ciruelo que me da sombra. Al fondo del jardín, el sol impacta sobre una pared encalada, produciendo una luz deslumbrante. El resto del paisaje que abarca mi vista permanece en un sol y sombra relajante. En medio, un cuchillo de luz sobre césped, a la orilla de un camino de piedras planas.
Los petirrojos pían y se deslizan hasta el estanque, y una gata, enorme, se deja ver apenas; su pelo es de un gris sobrio y elegante. Un círculo de piedras acoge plantas ornamentales que, ahora, final del verano, no tienen flores. Hay un rumor de hojas y la brisa estalla en mi mejilla. Hasta el zumbido de unas moscas, grandes y negras, acentúa la paz del lugar. El sol se demora sobre el sauce rizado.
Lástima que, sobre la hierba, me haya topado con un petirrojo muerto, con sus patas estiradas al cielo.
Marta florece en esta naturaleza encerrada entre cuatro paredes de piedra. El verde omnipresente y el sol cegador, apenas permiten destacar un blanco escaso y un camino miserable. Las plantas, pujan hacia el cielo, ahogándose en parterres diminutos. No encuentro sosiego en este lugar, habitado por ruidos, viento, pájaros y moscardones.
Cuando caiga la noche, cuando me encierre entre las cuatro paredes de piedra asfixiadas de cachivaches y la soledad sea un hecho palpable, echaré de menos aquel frasquito que solía llevar en la cintura mientras cruzaba la frontera. Siempre es bueno tener a mano un eficaz veneno.
Maurina Pelaz Gutiérrez