
En mi vida anterior viví aquí. Fui una noble hoja con forma de mano puntiaguda, verde aterciopelada, textura de durazno, venas pegadas a mi cuerpo que partían del lado interior de la muñeca como parten las rutas desde Montevideo hacia todo el país. Parí flores de perfiles indescriptibles, feria de rojos, marrones y otros colores.
El otoño nos enfermó y diezmó; el invierno fue un hojicidio, un floricidio. Nos acompañaron piñas y pinochas, pues quienes sembraron nuestros bosques en la costa, plantaron pinos y coníferas para que sus raíces se hundieran en la arena impidiendo el movimiento de tierras, el polvo arrastrado por el viento, el avance del mar.
Pero nuestros restos enterrados, enredados bajo tierra para no perecer, buscaron nutrientes para re-nacer. Los encontraron. El karma de estas hojas de árboles pinchudos, perennes, hicieron la cadena de playas más hermosa del mundo, con sus troncos robustos siempre prestos a brindar calor a sus habitantes.
Hojas y troncos nos convertimos en bosques donde nuestras pinochas y ramitas como agujas, afloran haciendo de nosotras y nuestros árboles sostenedores, un bosque largo y superior, desde Shangrilá a Jaureguiberry. Y mucho más, también.
Laura Santestevan Bellomo