
Añoro los domingos de la infancia: desayuno potente, carreras por los pasillos y un ¡Vamos chicos! que retumbaba en toda la casa. Cincuenta minutos empleábamos en llegar al paraje de Tamadaba. El penetrante olor a humedad, a pinos, y sobre todo, a libertad, era el responsable de que brincáramos como alma que lleva el diablo, de aquel rojizo y reluciente Seat 124.
Hermanos y primos nos afanábamos en recoger ramas. Antonio, el mayor de la pandilla, se quedaba custodiando el arsenal, y montaba con los maderos un armazón alrededor del árbol más resistente.
Cuando el leñoso motín alcanzaba un considerable tamaño, tocaba el momento de la pinocha. Manos, pies y largas varas servían para amontonar las acículas de los pinos, que por estas tierras llamamos pinochas.
Poníamos tanto empeño, que cuando arrastrábamos los pies juntando pinocha, dejábamos tras nosotros, negruzcos y profundos rastros que duraban varios días.
Construíamos un fabuloso techo espolvoreando la pinocha sobre el armazón. Parecíamos brujas conjurando en torno al aquelarre. La improvisada cabaña se convertía, para toda la jornada, en el más preciado de los tesoros.
Lástima que no pueda repetir la experiencia con mis hijos, el fuego, hace unos meses, se encargó de borrar este rincón, el más maravilloso del mundo.
Juan Ramón Pérez Solís