
El entusiasmo es padre de todos los delitos.
Se acercó al miedo. El miedo era un columpio. En él se balanceaba una muñeca horrible. Los botones son sus ojos amarillos. Nada miran, nada pueden ver, mucho menos al suicida que se lanza del puente. Desde la baranda uno codicia una porción de membrillo, una maceta de uvas o el helado que se derrite en la mano del heladero. Si andamos seis pasos, nos encontraremos cerca del mar pero, al voltearnos, estará el cuerpo del suicida, flotante entre manchas de petróleo.
Ya el miedo había cogido carretera. Se trata de un monstruo informe, de piel corronchosa. La muñeca en el columpio tose porque no se había tomado su jarabe nocturno. Más bien se afanaba en pensar hombres desnudos que chupan caramelos. Esos hombres desdentados se masturban con la mano izquierda y todo en el cuento se reducirá a una muñeca que se columpia mientras cree sorprender el cadáver inflamado de un suicida en un puente de Viena y la llegada de los paramédicos.
2012
Rafael Rodríguez Guerra