
Todos los agostos mientras oficia la misa en Las Sierritas, el sacerdote cierra los ojos y añora el ambiente hípico de su juventud: Bailarinas de frente alta y falda corta moviendo el culo rítmicamente, ceviches callejeros abundantes en cebolla y carentes de pescado, algodones de azúcar más empalagosos que novias quinceañeras, sombreros de palma a 30 varas, jóvenes con camisas a cuadros made in El Huembes, marimbas, chicheros, cervezas calientes, fritanga asoleada y voluminosas plastas de mierda de caballos cansados.
José María Sánchez Mendoza