
El olivar del abuelo siempre me pareció el rincón más fascinante, con sus ochenta y tres olivos milenarios de la variedad alberquina, pero lo que más me hipnotizó de él no fue el hecho mensurable de que produjesen una media de tres mil kilos de aceitunas anuales, fue el sentir bajo mis pies la tierra mullida que dejaban las heladas de diciembre, aquellos olivos impregnaban la atmosfera de oxígeno aromatizado con fragancia a aceite, pensé para mis adentros, seguro que de algún modo contribuían a revertir el cambio climático que estaba tan en boga por estas fechas. Junto a uno de los grisáceos troncos vi sobresalir el arco oxidado de una herradura, lo cogí con ternura entre las yemas de mis dedos y vi la sonrisa de mi abuelo agradecido por cuidar su olivar.
José Mariano Seral Escario