
No voy a nombrar los lugares ni haré comentarios de todas esas proezas que tratan de vendernos como único fin. Hoy quiero hablar de esa otra parte que contienen algunos paisajes que mucha gente recorre como si fuesen un producto más de consumo o un lugar donde exhibir sus vanidades – ¡qué valor más contrario a su esencia! -.
Lleno el interior de mis pupilas de los colores del cielo, del bosque y de las flores, de la luz de las montañas y la amplitud de sus espacios. Siento las caricias de la brisa y escucho el lamento del viento que mece las ramas de los pinos y las hayas, el rumor de las aguas transparentes que recorren las laderas y se precipitan en cascadas… y así voy sintiendo la emoción de volver a ser parte de estos espacios que me alientan.
Con las primeras luces de la mañana hemos comenzado a ascender una montaña. Ahora hay que emplear más energía, para ganar ese tiempo que requiere la prudencia y poder transitar por un terreno indefinido, imprevisible, y más escarpado, desde donde mi alma casi puede separarse del cuerpo y volar ante esa visión que recompensa el esfuerzo y queda grabada en algún lugar situado detrás de mi retina.
Hemos empleado una cuerda en un terreno poco definido del que apenas hay datos y donde, afortunadamente, apenas ayudan las guías, el wikiloc, ni los mapas, preservando así lo que en realidad es la aventura.
José Antonio Aparicio Tercero