
Mi rincón tiene poco de exótico. Tampoco me salió al paso – rn plan camino de Damasco – durante una excursión o un viaje ni recorrí miles de quilómetros hasta encontrarlo. Lo mío es más prosaico porque mi rincón del mundo está en mi propia casa. Yo lo elegí después de desechar otros con mejor luz o más cercanos al radiador de la calefacción. Este no tiene ninguna de esas ventajas, pero es el más escondidito y el orejero donde me siento a leer se sabe mis medidas de memoria. Más que sentarme, me zambullo en él. Y, libro en mano, desde mi rincón veo todos los del mundo. Desde el Polo Norte al Polo Sur. He viajado más que Phileas Fogg, Marco Polo y el capitán Nemo todos juntos. Por tierra, mar y aire. Y lo que es mejor, Sin pelearme con agencias de viajes torponas, soportar guías despistados, dormir en hoteles peligrosos para la salud mental de los huéspedes, sufrir retrasos o cancelaciones, quedar para el arrastre gracias a intoxicaciones alimentarias, regatear hasta la extenuación con vendedores de los bazares, aguantar picaduras de bichos indecentes y hambrientos o accidentes de todo tipo. Por eso, me encanta mi rinconcito. Soy comodona, lo reconozco. Y, ahora, si me perdonan, voy a seguir leyendo.
Autora: Esther Domínguez Soto