
Ella está sucia y despeinada; atrás quedan sus aires de ejecutiva. Él la mira con la añoranza de quien ya ha perdido algo. Se abrazan, tan fuerte que, por un momento, el miedo se queda fuera.
Al fin se separan. Sienten que el ruido y el calor lo invaden todo. Él se da la vuelta. Sin mirar atrás, se asoma a la ventana, abre los brazos y cae sin control al vacío, que desde allí parece infinito. Ella le ve desaparecer, paralizada.
La segunda torre se derrumba.
Esther G. Babin