
Sus compañeros le miraban con lastima, ahora debía enfrentarse a sí mismo.
La verdad incuestionable era que pecaba de ser bajito y rechoncho para ser un ciprés.
También sus surcos parecían caligrafía.
Y no tenía raíces. Ni ramas. Por no tener no tenía madera, sino piedra.
Quizá era… una lápida.
Dolores Victoria Diez Bécares