
Imagino la satisfacción de llegar a la cima de una montaña que nadie ha escalado aún, entrar en una cueva inexplorada, recorrer un desierto no cartografiado, hallar una nueva especie de flor o una tribu que no conoce el plástico ni las zapatillas deportivas. Lo imagino, pero lo desconozco. Sin embargo, no creo que esa satisfacción sea mucho mayor que la de encontrar un escondite secreto bajo una baldosa o descubrir, en tu propia casa, un pasadizo, aunque no conduzca a ninguna parte. A veces, la satisfacción está en hallar lo desconocido en un lugar que, por cercano, no esperas desconocer.
Ésa es la sensación que tengo en Gozo, una isla cercana y, sin embargo, muy poco conocida. Está en el ombligo del Mediterráneo y condensa toda su larga y agitada historia; poblada desde hace milenios y visitada por turistas tan renombrados como Ulises, quien encontró aquí a Calipso, reina de las ninfas y, a pesar de no tener la isla más de siete por catorce kilómetros, se quedó durante siete años.
El nombre lo dice todo pero también podría llamarse Liliput, no por la talla de sus nativos, como porque, en un espacio tan reducido, hay de todo: las huellas de los numerosos pueblos que han pasado por aquí y que, entre otras maravillas, dejaron el templo más antiguo del mundo, una sociedad cosmopolita y, sobre todo, la voluntad de tenerlo todo sin destruir nada, de modo que los campos de cultivo se derraman hasta el mar.
Esther Bajo Álvarez