
Cuando llegué pensé, por un momento, que me había equivocado de dirección. No esperaba algo así. Muy consciente de mi torpeza, de mi falta de ingenio y mi aspecto vulgar pero, sobre todo, de mi total falta del sentido de la orientación, era difícil pensar que ése era el lugar. De todos modos, entré.
Al principio apenas veía nada, pero había un intenso olor a pan recién hecho y tuve en la piel la sensación de estar bajo una lluvia de plumas. Después el olor cambió al de la hierba fresca y las flores y el sol iluminó un bosque con toda clase de árboles, muchos de ellos repletos de fruta. Soplaba entre las ramas una brisa cálida y por todas partes sonaba un murmullo de hojas que, junto al canto de los pájaros, formaba una música deliciosa. Mi mente se vació de todo lo que no fuera esa sensación de plenitud y felicidad.
Y me quedé a vivir ahí. Entre tus brazos.
Esther Bajo Álvarez