
Corría el año de 1951. Andaba de vagabundo por España. Tomé el tren en Córdoba; atrás había quedado su río con su puente romano. Viajaba en un vagón de segunda clase, donde imperaba la tristeza silenciosa de las mantellinas negras y las boinas grises. Por la ventanilla pasaban olivos tras olivos y al fondo resaltaba el campanario de una iglesia blanca. De repente una voz infantil me regresó al interior: Quién es aquel caballero/ herido por tantas partes… La niña, no mayor de once años, llevaba puestos un vestido celeste de tirantes y una blusa blanca… Unos dicen que si es Rey/ de la Cruz descienda y baje… La humildad de los padres se mostraba alegre y con una pizca de orgullo. Se escucharon los últimos versos… no os desciendan de la Cruz/ sin hablarme y perdonarme… e impulsivamente me levanté, metí la mano izquierda al bolsillo del pantalón, saqué un puñado de pesetas y se las di. Me regresé a mi lugar. Me arrellanaba en mi asiento cuando vi a la niña frente a mí y, con cierta delicadeza, tiró las monedas a mis pies.
Febronio Zatarain