
Inevitablemente la noche vuelve, deja de hablar el día, y las calles, las paredes, el fresco envuelven mis pasos con nostalgia. Todo tiene sabor a noche. La noche busca al día y el día a la noche. La noche es callada, larga, siempre misteriosa. Es un clarinete con sordina; deja a los agudos lejanos, a los graves, pequeños.
En el Sacromonte oigo un quejío, esta vez de un niño contrariado. Voy caminando por el empedrado en sombras, y eso me hace mirar de vez en cuando el suelo que piso. ¿Estará allí la montaña y, encima, el palacio? Ese donde guardan los secretos, donde se encierran las esperanzas. Desde el mirador del Albaicín miro con dificultad la recortada empalizada militar; nadie diría que tras esos recios muracos, la sensualidad se extiende.
Llego a la placeta de Toqueiros, y me veo hace años, con un frío inmenso, gracias a la Sierra Nevada y a febrero. Tengo un cartel en mis manos con dibujos de palmeros, esperando la apertura de la Peña La Platería de Graná. Entonces mi esófago lanza un vahído, como si fuera un arranque por bulerías, y me acuerdo de mis padres en la noche del cante jondo, tal como el día que me acompañaron. ¿Dónde están esas palabras, esas miradas hacia su hijo, aquella noche?
El cantaor hizo unas caracolas limpias, tronás, negras noches, y el patio del palacio de Carlos V enmudeció cantando a las sombras, a las energías que estábamos allí.
Luis Ángel Blasco Muñoz