
Hay un lugar en Mortefontaine a 35 kms de París. Se trata de un paisaje donde se divisan, desde la pradera, dos árboles. El primero de copa cuyas ramas gruesas se aprietan en haz y las finas se abren en abanico; sin embargo, en él se exhibe desde abajo una rama, de hebra larga, paralela al cuerpo donde sus hojas rozan el suelo. El otro árbol con tronco semidesnudo y como cuello de jirafa, de fibra con nudos, se dobla, cuan largo es, en igual sentido al primer árbol hacia el oeste; ambos se mecen prácticamente con igual inclinación. A pesar de la diferencia de atractivos entre los dos, como desprecio por el árbol de buen follaje, aparece al pie del segundo una mujer. Ella extiende sus brazos a tono con la delgadez del tronco, tantea en el entretejido de hojitas, tal vez por flores, frutillas o restos de un nidito. Y cómo frente a esta escena, donde aparecen dos niños a su lado, se sabe si ocurre al amanecer o al anochecer. Esto nos induciría a averiguar por qué ella ha dejado su casa a horas extremas y a pesar del viento. Será que huye o habrá alguien en espera por los tres. Esto habría que habérselo preguntado hace mucho tiempo a Jean-Baptiste-Camille Corot autor del cuadro «Paisaje en Mortefontaine» obra de la colección de paisajes del Louvre.
Adela Beatriz Tapia Polanco.