
Anoche me desperté sobresaltado por ruidos que venían de la biblioteca. Pensé que habían entrado a robar. Temeroso, abrí la puerta, pero no encontré a nadie. Me habían advertido que en esta casa ocurrían hechos extraños, aun así, el precio resultó muy atractivo y la compré, no hace mucho tiempo. Regresé a mi cuarto y traté de conciliar el sueño. A los pocos minutos el ruido volvió. Esta vez pensé que sería el gato persiguiendo a algún ratón, pero cuando encendí la lámpara, el felino dormía a mis pies. ¿Sería un intruso, un animal o quizás la radio lo que provocaba el estruendo? Volví a la biblioteca, pero esta vez encendí todas las luces y me atreví a recorrerla. El ruido era ensordecedor entre los estantes: las palabras, que se habían escapado de los libros, se leían unas a otras en voz alta.
Jorge Pérez Guillén