Al atardecer, el Poeta vio al hombre inclinándose hacia la tierra. Llegó hasta él y le pidió agua. _Tengo sed_ le dijo. El campesino dejó la yunta y pasó a la casa. Sacó una frasca de vino, sacó pan y miel y lo compartió con él.
Marcial no preguntó al caminante qué hacía por su huertecillo en aquel verdinoso poniente, solo cortó la hogaza con sus castigadas manos y le entregó un trozo. Conversaron sobre aquella tierra árida y fría, de la cosecha y de la ingratitud.
El llanto de un niño rompió un instante de silencio. Al cabo, salió una mujer arrullando al pequeño y lo posó con cuidado en un cesto de juncos y retama.
El caminante agradeció la amable acogida. Habló a la mujer de diminutas margaritas blancas y de violetas perfumadas que ya cubrían los campos en la temprana primavera y la hizo sonreír. Juntos vieron como, por el verde pradillo, pasaban los pastores envueltos en luengas capas.
Quiso el poeta seguir su camino antes de verse atrapado por el cierzo, más pesó que llegaría hasta el mesón para ver a los padres del arriero, aquel que una noche perdió ruta y sendero, pues estaba preocupado por la tos que atenazaba al viejo.
Antes de dejar los campos, el caminante se sentó en el cerro, bajo unos chopos alejados del camino desde donde pudo observar a la mujer del labrador arrojando semillas en las zanjas abiertas. Y comenzó a escribir.
Julia Sala Costa