En el centro de arqueología experimental de la Sierra de Atapuerca, uno de sus árboles contempla la carrera de este año. Aquella estampa le hace soñar con tener piernas y seguir la marcha junto a ellos. Se arranca lentamente un trozo de su propia corteza y aparecen doce orugas desorientadas, reptando por todas las hojas que dos días antes había mudado. Algunas se vuelven agradecidas y con una solemne reverencia marchan hacia atrás contoneando de arriba a abajo sus húmedos cuerpecillos. Una de ellas le pregunta:
-¿Y todas esas cicatrices, cómo te las hiciste, o quién te las originó?
Y el árbol le contesta:
-Créeme, que lo que tú contemplas no son cicatrices, sino santas cruces, y al igual que te protegieron a ti, albergarán a tus hijos, y a los hijos de tus hijos; así el todopoderoso nos lo conceda con su infinita misericordia.
Y de esa manera, con la inclinación aprendida por sus padres y heredada de los padres de sus padres, la oruga se aleja deslizando su tiernas y jugosas curvas, futuro desayuno para los huéspedes del nido del árbol de enfrente, y para los nidos de sus nidos, en una competición campo a través, hasta que el humano quiera.
Raquel Sánchez López