Terrenos ocres, amarillentos, verduzcos, desde la balconada de la recordada casona de mi infancia y adolescencia. Monotonía un tanto olvidada en el tiempo desde la muerte del abuelo. Las dos palmeras supervivientes de una dura aclimatación, gigantescas columnas clásicas siguen haciendo guardia a ambos lados, quizás más caídas, menos verdes desde que no está su dueño, mientras en los saludos de los mayores en la Plaza se reflejan a un tiempo en ojos acuosos la tragedia polvorienta de la despoblación endémica junto a un atisbo de esperanza.
Los pueblos de la comarca necesitaban desesperadamente otro médico, joven, forjado tanto en el estudio como en los nuevos avances que Cronos ha concedido a los mortales, para poder permanecer. He pasado todas las vallas, todos los obstáculos. Ahora, ese médico soy yo. Los verdes aparecen tímidamente con espigados chopos junto al serpenteante riachuelo. Veo otros colores en la vega, deseosos de tractores y risas de niños; quizás de aquellos que ya han vuelto a Ítaca.
Recuerdo también viejos olores. Sonrío. Todo vuelve a estar bien por unos instantes. Quizás el abuelo siempre lo supo.
Pablo Ferreiro Alonso