Hacía un par de años que yo había cambiado las costas del Mar Cantábrico por las del Río de la Plata. Trabajaba como camarero en un bar de 18 de Julio (la principal avenida de Montevideo).
Uruguay acababa de consagrarse Campeón Olímpico de Fútbol, por segunda vez consecutiva, pero aquel parroquiano delgado y silencioso, que hacía anotaciones en un cuaderno, parecía encontrarse al margen del júbilo general.
-¿Qué puedo ofrecerle, caballero?
-Rabas y cerveza, por favor.
La pregunta me brotó espontáneamente:
-¿Es usted de Cantabria?
-Por cierto que sí ¿y tú?
-También… de la Montaña.
-Ah, la Montaña! – sonrió – ¡Qué cielo y qué luz inigualables! ¿Verdad?
Asentí con la cabeza (se me había formado un nudo en la garganta).
-¿El señor es poeta?
-Al menos, procuro serlo – bromeó – Pero… ¡no sólo de versos vive el hombre! También están el marisco y el pescado… ¿Cuál es tu nombre?
-Ramón.
-Pues bien, Ramón. ¿Qué platillo podrías recomendarme para el almuerzo?
Tras el aperitivo, le serví una merluza en salsa verde y el gran Gerardo Diego me dedicó este ejemplar de su “Manual de Espumas” que atesoraré mientras viva.
Luis Antonio Beauxis Cónsul