Se había criado en tierras de secano, no conocía otra cosa. Sólo paisajes áridos de líneas rectas, apenas interrumpidas por pequeños oasis de árboles donde refugiarse los días de calor. La lluvia, escasa, y el viento, excesivo, siempre caprichoso y juguetón con el polvo sin cansarse. Abajo, colores ocres, y arriba, en el cielo, azul vibrante y puro. Sí, aquello era suyo, su sitio, su hogar…
Pero un día soñó que más allá existía un mundo completamente opuesto. Un mundo en el que el agua no se recogía de pozos sino que manaba de altas montañas, desembocando en fértiles valles llenos de vida; un mundo efervescente donde el hombre y la naturaleza convivían en perfecta simbiosis, donde los colores eran aún más variados, tanto como los frutos que crecían en él. Así que decidió, al despertar, que marcharía en su búsqueda, y aunque sentía en el fondo que traicionaba a sus orígenes, sabía que, tarde o temprano, volvería, recordando las palabras que siempre le había oído decir a su padre: “Hijo mío, no hay nada que tire más que el lugar donde se nació”.
Elena Navarro Asensio