En un pequeño rincón de un pequeño pueblo de un pequeño país, ella pone a hervir el agua que luego echará en el mate mientras en la radio de la cocina suena aquel tango que la hizo bailar en sus años tiernos. Saca la silla a la vereda y los surcos que agrietan el cemento continúan las arrugas de su cara que se fruncen cuando sonríe a los que pasan caminando. Una niña arroja una moneda a la vieja fuente de la plaza. Aprieta fuerte sus manos para que el deseo se cumpla. Ella cierra los ojos y la recuerda. Se ha cumplido… Se ha cumplido.
Julia Eva Saggini