He vuelto a hacerlo. Siempre me prometo a mí misma que no volveré porque no sé las consecuencias que puede tener, pero cuando las cosas van mal, solo existe una posibilidad en mi mente, repetir. Lo descubrí hace dos años: cuando me pongo en la esquina del callejón sin salida que está detrás de mi antiguo colegio a las doce de la noche, me teletransporto a mi lugar ideal. Allí siempre hace un calor templado y el cielo es claro. No estoy sola, pero siento que la gente no me observa y es feliz con la simpleza de la vida. Los edificios son de colores vivos y la vegetación inunda los lugares más insospechados. Nunca he llegado a salir de la población, así que no sé como son los alrededores, pero sé que son sencillos y especiales al mismo tiempo. Allí el tiempo no pasa y no existen relojes que te informen de lo inexorable del momento. De repente, sin previo aviso, vuelvo al callejón sin salida, oscuro y gris. Aún así existe una diferencia, mi corazón está un poco menos encogido y vuelvo a tener esperanzas de no tener que volver a hacer este viaje por haber encontrado, al fin, ese lugar en el mundo real.
Gisela García Fullana