Ella una niña de ojos grandes y azules como el mar, cabellos dorados y rizos perfectos que adornaban su hermoso rostro, su sonrisa la más hermosa que nunca jamás vería, desde el primer momento que la vi supe que la amaría toda mi vida, ese día en el descanso mientras la observaba en secreto en el callejón, sus amigas me acorralaron en un rincón tomándome cada una por uno de mis brazos, no puedo soltarme, miro a mi alrededor para buscar una salida, a mi izquierda una cerca de ciclón oxidada, a mi derecha una pared de ladrillos grises que formaban la parte posterior de los salones de clases, a mi espalda las vigas de hierro donde se apoyaba un tanque de agua construido con ladrillos y pintado de un color anaranjado pálido, descolorido por los años sin mantenimiento, mis ojos miran al frente para encontrármela a ella, sus ojos cerrados y sus labios se posan sobre los míos creando la magia de ese primer beso.
El tiempo ha pasado ya desde que la hice mi esposa, mi cuerpo y mi mente ya no son los mismos y esta maldita enfermedad hace que todo lo olvide, me enojo cuando la llamo y no me contesta, entonces recuerdo que se fue. Sé que ella me está esperando pero no consigo consuelo, entonces regreso al lugar donde todo empezó, ese rincón mágico el único lugar que mi mente ha logrado mantener intacto y que me ha mantenido vivo todos estos años.
Juan J. Bozo G.