Cuando el niño terminó de construir el castillo de arena a orillas del mar, una ola llegó hasta la muralla y a punto estuvo de derrumbarla. El niño reforzó esa muralla y después, desoyendo los gritos de su madre, que le llamaba para comer, se internó en su recién creado mundo.
Desde la torre más alta podía ver Osiis, un pueblo cuya principal característica era que su suelo estaba repleto de agujeros, de donde salían seres pequeños con cabeza de ratón y cuerpo humano. Esparcían una sustancia que al alba se transformaba en un dulce alimento de color blanco. El niño se quedó en Osiis hasta que terminaron sus vacaciones de verano.
Lucia Alcázar Lara