Frío. Anodino. Sin ningún interés. Añoro la guerra, la muerte, el calor y el miedo. Aquí no hay esperanza para mí, tan solo una existencia lineal, lenta y simple. Y son las 10 y las 11 y las 12, y una bronca más, otra declaración que presentar, otro impuesto que pagar. Y no hay magia, ni héroes ni magos. Y las 13 y las 14, la hora de comer me reconforta, pero echo de menos a los detectives, a los fiscales y a los malos. Y las 15, y las 16 y al fin las 17, y me despido de los zombis y de sus ordenadores. Me esfumo de allí, dirección al tren, por delante, hora y media de viaje, pero vale la pena, voy al paraíso. Es tarde, pero en no importa, aún hay luz, eterno sol, linterna mágica. Llego a mi destino, dejo el maletín en la habitación, el maletín con todo su peso, el peso de la jornada y del día, de las frustraciones y de la monotonía, cierro la puerta para no verlo más. Junto a la entrada, en la estantería, están todos los billetes, las cajas mágicas, lo pasaportes a mis otras vidas. Al fin, salgo al balcón, me apoyo en la barandilla para observar la primera línea de casa en frente de la mía, y las montañas bañadas al sol. A penas pasan coches, lo que permite escuchar a los pájaros cantar. Son mis terrenos, no lo dice ningún contrato, pero este lugar, al que acudo cada tarde, que me sirve de telón de fondo para las mejores historias, me pertenece. Solo falta el billete, abro el libro por donde lo hacia dejado la tarde anterior, y viajo de nuevo… a mi lugar favorito.
Héctor González Crusat