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En mi desierto particular de espejismos se difuminaban las nubes densas que lo empobrecían y un resplandeciente sol derramaba su calor y su luz sobre nuestras cabezas.

Ningún habitante se sentía huérfano. Nos saciábamos con aguas de manantial y frutas exóticas y jugosas. Descansábamos a la deliciosa sombra de sus palmeras mientras los ancianos transmitían enseñanzas y los niños hacían de las suyas.

En mi desierto particular de espejismos había un palacio para los poetas y las mujeres entonaban cánticos esenciales para la armonía.

Cada amanecer se colocaba una nueva piedra. Y así, piedra sobre piedra y a golpe de sentido común, se fomentaban el respeto, la admiración y la mesura.

En todas las puertas rezaba un «Bienvenidos» y cada cual se guiaba por su vocación para resolver las incógnitas. Los retos se aceptaban en favor de la comunidad y no se lamentaban las ausencias.

No se conocían ni la vanidad ni la ambición.

En mi desierto particular de espejismos todas las jaulas tenían sus puertas abiertas.

Amparo Paniagua Muñoz

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