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Confieso que no me gusta madrugar. Que me encantan los días de asueto a destiempo, ocupar las mañanas distraídamente mientras el resto de oficinistas alimentan su reuma y clavan sus presbíticos ojos en la pantalla asignada de diecisiete pulgadas.

Es un placer acercarse a la playa cuando casi nadie puede permitirse ese lujo. Y lo es más que te despierte un gallo al amanecer (¿a quién le despierta ya un gallo al amanecer?), darte media vuelta y seguir soñando.

Ocupar mesa en cualquier chiringuito sin tener que esperar, recibir atenciones que en caso de aglomeración serían impensables.

Me encantan las estaciones de tren no masificadas y sin amenazas de huelga, prescindir del reloj, guiarme por mis necesidades básicas, saciarlas cuando se tercie. Bendito albedrío.

Me apasiona una puesta de sol de marzo en el Atlántico. Tanto como a mis pies les fascina la arena, el agua fresca, la brisa… y a mi estómago los manjares de Casa Bigotes, las naranjas o el pan recién hecho.

Me emociona el estallido de este vergel en que se convierte la provincia cada primavera; flamencos, garcetas, un sinfín de aves pobladoras de marismas. Jinetes a lomos de imponentes equinos de raza. Veladas insospechadas, versos nuevos.

Palacios y cortijos, viñas y dehesas. Paredes mejor encaladas que los techos de mi casa.

Estos días he sido una flor del norte (y no soy Cristina de Noruega) perdida en un oasis de luz, azahar, calor, despreocupación y placentero vivir.

Hoy, lamentándolo mucho, vuelvo a ser la oficinista.

Amparo Paniagua Muñoz

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