Nadie pudo evitarlo: se enamoraron a tercera vista. Era uno de esos amores prohibidos e imprudentes, alimentado por fantasías e ilusiones; anhelos que tarde o temprano desembocarían en el mar. Porque, aunque nadie lo supiese, ellos solo querían saber a qué olían las olas, querían dejar las huellas de sus pies desnudos en la arena. Deseaban, por encima de todo, ser testigos del mar por primera vez en sus vidas y estar juntos hasta que la vida los separase. Aquella cálida tarde de verano, sus arrugadas manos se entrelazaron y sintieron por primera vez el tacto de la arena mientras sus hijos y sus nietos no acertaban a comprender cómo habían podido fugarse de la residencia.
César Guessous Sacristán