Otra noche más en aquel hospital de Madrid. Desde hacía más de un mes, esas cuatro paredes eran lo más parecido a una casa que había tenido Verónica. Su sonrisa se había apagado aquel 18 de mayo, cuando la vida, sin previo aviso, la había puesto a prueba. Ya apenas recordaba los momentos que la hacían feliz, intentaba aferrarse a un futuro lleno de colores, pero aquellas luces blancas difuminaban cualquier intensidad de saturación.
Ese día, 27 de junio, era el cumpleaños de su abuela. No podía estar a su lado, pero pudo imaginarse paseando de su mano por la playa de Motril, ese paisaje que había visto crecer sus huellas volvía a mojar su cabeza. Recordó los castillos en la arena, las carreras que echaban y en las que su abuela Lourdes siempre se dejaba ganar.
Tras ese breve sueño, Verónica despertó por primera vez con una sonrisa. No, no había nadie a su alrededor, pero supo que aquellos rincones y personas de su mundo siempre la acompañarían.
Iris Rico de Frutos