El pueblo estaba a los pies de varias colinas, salpicadas de peñascos. La antigüedad del pueblo lo convertía en un sitio pintoresco. No se veía a nadie en la plaza ni en las calles, estrechas y empinadas.
Comenzó a lloviznar, y esa fue la señal que me indicó que debía subir al cementerio.
Crucé un viejo y pequeño puente de piedra sobre un riachuelo. El murmullo del agua se arrimaba al lado izquierdo del pueblo: quince casas de piedra con tejados de pizarra, apiñadas y de una planta.
El pueblo semejaba ser de juguete desde el cementerio.
Abrí la cancela, que chirrió, rompiendo el sepulcral silencio.
La lluvia empezó a caer con fuerza. Se formaron riachuelos turbios por los surcos de las filas donde estaban las tumbas. Los truenos y los relámpagos, se sucedían sin descanso.
Conseguí mantener la calma. Aguanté, no sé el tiempo exacto, sin moverme, hasta que las nubes se desunieron y dejaron paso al azul del cielo. La lluvia se fue debilitando hasta que finalizó.
Pude ver, en mi lado izquierdo, una flor gris, cuyo tallo se empezaba a colorear como si alguien lo estuviera pintando con un lápiz invisible de color verde. Y así fue cubriéndose toda la flor hasta adquirir sus pétalos un rojo intenso.
Con el pulso alterado, hice varias fotos y después salí de allí corriendo.
Lucia Alcázar Lara