Cuando llegué no pude evitar fijarme en aquella hermosura de ébano que atendía la barra. Tenía un cuerpo espectacular y un rostro que podía haberla convertido en modelo de televisión, o de alguna obra de arte, quién sabe. Atrevidamente le pregunté, bromeando, si se escapaba conmigo a alguna de esas islas paradisiacas del Caribe. «Sólo si tienes un millón de dólares en el bolsillo», respondió, sonriendo con picardía.
Le devolví la sonrisa.
Me levanté y compré dos boletos de lotería de una máquina expendedora que había al fondo del local. Le obsequié uno a ella y conservé el otro. «Será mañana, entonces», le dije, «vendré con ese millón», y guardé mi boleto en el bolsillo, terminando lo que aún quedaba en mi vaso de cerveza.
A la mañana siguiente, muy temprano, la vi en el noticiero, emocionada, saltando de la alegría: ella había ganado el premio.
¡Exactamente un millón de dólares!… Regresé al bar esa tarde, pero había renunciado por la mañana. Dejó dicho que se mudaría a la Bahamas.
Adolfo Mazariegos