Llevaban tiempo esperándolo y de pronto una tarde sucedió.
Una manada de bisontes atravesó la Gran Llanura en la que se encontraba el Poblado Indio.
Desde lejos, todos observaron a los animales con curiosidad y asombro.
Vestían ropas tradicionales de bonitos colores y lucían plumas en la cabeza.
– ¡¡Uea la ea, ea eee la!! – Cantaban con alegría, por la llegada de los Bisontes, llevándose la palma de la mano a la boca mientras bailaban alrededor del fuego que dominaba el centro del poblado.
Se adentraron en una de las tiendas cuando empezó a marcharse el Sol.
– Antes del amanecer montaremos a caballo e iremos donde duermen los bisontes -dijo uno de ellos.
Todos estuvieron de acuerdo, y decidieron que cada uno se encargaría de una tarea.
Los mayores llevarían a los pequeños a caballo, los ayudarian a montar y los cuidarían, darían de comer a los bisontes y volverían al poblado todos felices.
Cuando estaban ya decididos, de pronto algo les interrumpió…
Una voz en la distancia. Alguien pronunciaba sus nombres. Estaban preparados para lo que fuera aquello… Eran los mejores jinetes de la Gran Llanura India.
– Niñooooss!! A cenar!!!
– No Mamaaá, un ratito más!! Estamos jugando a Indios y Caballos.
– No hay ratito que valga. La cena está preparada, recoged todo y lavaos las manos. Mañana seguiréis.
– Mañana ya no estarán los bisontes… – dijo apesadumbrado el más pequeño mientras apagaba la luz de la habitación y cerraba la puerta de ese mágico lugar tras él.
Daniel Mendoza