Te pedí con la mirada que no te marcharas; que te quedaras conmigo y me acompañaras hacia donde el destino nos quisiera llevar. Las frías aguas del Gran Canal fueron testigo de mi suplica; lo mismo que lo fueron el tono anaranjado del cielo de Venecia y el melancólico canto del gondolero que nos llevaba de vuelta a la realidad de la que pensamos que podríamos escapar. Y creí que mi petición había sido en vano, que todo por lo que luchamos se había echado a perder. Pero aquel Ti amo que me dedicaste justo cuando la primera lágrima descendía por mi mejilla me hizo ver que la huida había merecido la pena y que aquel era el comienzo de algo mágico; tan mágico como el beso que nos dimos segundos antes de bajar.
Eva María Zamora Gálvez