La imaginación desbordante de mi nieto me tiene preocupada. Cuenta unas historias fantásticas que parecen sacadas de un libro de R.Valcárcel. Con cinco años mal hechos, hilvana la trama sin fisuras y hasta sabe darle suspense al final. Supongo que mi hija y mi yerno se han dado cuenta, pero por si acaso pregunto. Claro que han apreciado la locuacidad del niño, para ellos es motivo de orgullo; dicen. Me sabe mal reincidir para saber la opinión del maestro y lo dejo ahí. A mi, sin su fantasía, me gusta escribir de siempre, puede que los genes tengan algo que ver en el asunto.
Los jueves lo recojo del colegio, merienda conmigo, y lo llevo a clases de solfeo que, dicho sea de paso, no se le dan tan bien. Mientras se zampa una tostada de pan y aceite, siempre quiere lo mismo, me cuenta la enésima historia. Me sorprende de nuevo y, aprovecho para preguntarle de dónde saca esas ideas. Carlos me mira serio antes de responder :
– Paso mucho tiempo en el rincón de pensar, sabes abuela…No me porto muy bien en clase.
La explicación del niño disipa mis preocupaciones y pienso, qué lástima, en mis tiempos no existía ese maravilloso lugar.
Lola Enguídanos Faubel