Volví a armar la maleta con la misma prisa que mi ansiedad me iba dictando. Ya no quedaba casi rincón en el mundo que pudiera satisfacer mis desbordados sueños. Mares calmos y furiosos, montañas suaves y enormes, bosques y glaciares, ya casi lo había conocido todo, pero aún no había encontrado el punto que lograra disparar el éxtasis en mi corazón. Me dije a mí misma que ésta sería la última oportunidad y casi que estuve a punto de desistir en el intento, pero no quise abstraerme de ese instante desbordado de adrenalina que precedía a cada viaje y tal vez fue por eso que abordé el avión una vez más.
Ni bien me apoltroné en el asiento y el avión tomó altura, cerré mis ojos.
No sé si me quedé dormida o fue el letargo que esa obligada quietud me fue envolviendo, que pronto comencé a andar por senderos desconocidos que no hicieron otra cosa que despertar mi eterna curiosidad.
El camino esponjoso de cobrizas hojas secas me llevó hasta un plácido lago donde algunas esbeltas aves nadaban sin dejar huellas en las tranquilas aguas.
Decenas de pájaros, pequeños y coloridos, saltaban entre las ramas de enormes árboles que, estáticos ante la ausencia total de brisas, insistían en sombrear las aguas del lago.
Me detuve ante el hermoso y silencioso cuadro y, acurrucada entre unas piedras que bordeaban el sendero, dejé que el éxtasis me invadiera.
Sin maletas ni mochilas, por fin había encontrado mi rincón en el mundo.
ROSA SERENA