Cuando Betsabé ingresó nuevamente al empolvado desván sintió deseos de correr hacia ese frío rincón en la abandonada galería de sus abuelos, que por fortuna aún conservaba intacto un mural que pintó a los ocho años, y que resaltaba la imagen en primer plano de su padre fallecido en la guerra de los Balcanes, a causa de una granada dirigida a la patrulla de las Fuerzas de Paz que brindaba apoyo a los heridos del combate. ¡Qué distinto sería todo si, ese día él no hubiese levantado el auricular y aceptado cubrir a su compañero! Quizás su madre jamás se hubiese marchado a España y ella recluida en el orfanato de las Siervas de María en Zagreb, del cual tuvo que escapar al poco tiempo, debido a sus convicciones anarquistas.
Con cierta pesadumbre, Betsabé caminó hacia el mural que recibía un siniestro haz de luz. De pronto observó que la figura del mismo empezaban a moverse y gritarle. Ella se tumbó sobre un viejo sofá azul y se puso a llorar de manera desconsolada hasta quedarse dormida. Cuando abrió los ojos, lo único que pudo distinguir fue a Bruna, su vieja gata dando vueltas en círculos…
María Fernanda Muñoz Falconí