El viajero uno ante la zozobra de media tarde, bosteza, se revuelve en su asiento y mira al asiento de delante que, con el paso de los minutos, parece que se acerca. Unas plazas más atrás, el debate de unos señores protestando sobre la política nacional. Típico. Los grafemas de cuantos pensamientos tiene se aglutinan en su mente que anda esperando desesperada el destino. Al viajero uno se le ocurre suspirar para hacer notar su hastío, como si eso aliviara algo, como si eso importara al resto.
Un segundo viajero, acodado en una posadera, que aquel autobús tuvo la delicadeza de obsequiarle, se pierde en sus diálogos imaginados, en sus recuerdos transformados; hasta que acierta a ver, tras el cristal, el sol de suaves estridencias amarillas que se repliega sobre los campos de trigo. Esa imagen lo fecunda todo, absorbe el tiempo y omite el origen y el destino.
Bárbara María Martín Ortiz