Cuando el anciano llegó a Macondo caía una lluvia de minúsculas flores amarillas. Las casas, los animales, el barro de las calles, el río que bajaba turbio, todo cambiaba poco a poco a ese color de grano de mostaza. Llegó tranquilo en una carreta antigua, recubierta también por aquellas flores. Preguntó sobre ese peculiar hecho a un vecino del pueblo que caminaba con las manos en los bolsillos sin prestar atención al extraño acontecimiento.
¾Bueno, no es la primera vez que sucede algo así ¾dijo¾. Hace años llovió de esta manera la noche en que murió José Arcadio Buendía. Los mismos ángeles enviaron las flores en su honor, o así lo creímos en el pueblo.
El hombre le aconsejó preguntar en la taberna, quizás el dueño podría decirle algo más. Entró en la oscura cantina, se sentó junto a la barra y pidió un ron añejo. El tabernero, gordo y sudoroso, con la camiseta de tirantes pegada al cuerpo, ni siquiera lo miró. «Parece que trae usted otra vez esta lluvia» le soltó mientras secaba un vaso con un trapo mugriento.
¾¿Yo?, eso es imposible ¾le respondió.
¾Bueno, quizá está usted muerto y aún no lo sabe.
El camarero dejó el vaso en la barra y señaló la ventana.
¾Mire. Esas pequeñas flores solo caen del cielo cuando muere alguien importante. Y usted lo es, ¿verdad, señor Gabo?
El anciano se acarició pensativo el bigote blanco y sonrió. Al anochecer, las flores amarillas cubrían su cuerpo casi por completo.
Nieves Jurado Martínez