Nada como los susurros del viento y el crepitar de la chimenea podrían definir mejor el concepto de silencio, perfecto, a la vez que inexistente, perturbado únicamente por las formas que alcanzaban las palabras a medida que la imaginación brotaba de las páginas de lo que iba a ser el final de mi próximo libro.
Jaime Hernández Arroyo