Con el corazón en las sienes y el movimiento involuntario de los dedos que se empeñaban en tocar un piano imaginario, me alejé de la ventana con los ojos vidriosos en dirección al escritorio, perseguido por el crujido de los trozos de la figura del David que habíamos comprado en nuestro viaje a Italia que se diluían con el chirrido de los neumáticos alejándose en la oscuridad de la noche.
Jaime Hernández Arroyo