El rayo de luz luchaba con encono por traspasar la niebla y proyectar toda su fuerza a través de la cristalera del estudio.
Un exhausto Lemonnier pincel en mano, admiraba con el ceño fruncido su nueva obra recién terminada.
Siempre que finalizaba un cuadro, una sensación de vacío se instalaba en ese pequeño rincón del extrarradio parisino. Único lugar donde podía expresarse tal cual era.
«Fuiste una mujer admirable Madame Geoffrin». Sus labios pronunciaron el nombre de forma suave, como si temieran deshacer el hechizo que ya empezaba a emanar del lienzo.
Cómo si no iba a reunir en su mansión a personajes de la talla de Diderot, D’Alembert o Voltaire.
Un deseo repentino: fundirse durante un segundo con la pintura, irrumpir en el salón literario y absorber tanto conocimiento que lo llevase a la enajenación. La locura del saber, de comprenderlo todo… y a todos.
Caminó despacio hacia la ventana. «Se avecinan malos tiempos», reflexionó preocupado mientras observaba la ciudad a lo lejos. París era un hervidero: artesanos, comerciantes, meretrices…, ajenos a la insensatez de Napoleón.
«Invadir Rusia», una mueca sarcástica y una vuelta al pensamiento primigenio:
le salon. Cultura, arte, debate, erudición.
El dios Helios acabó por romper la bruma definitivamente. Soltó el pincel liberado ya de toda carga, y se sentó delante del cuadro dejándose arrastrar por Geoffrin.
Jorge de Leonardo Pérez