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En un autobús viejo y maloliente viajamos por calles agujeradas. Pasamos casuchas desvencijadas, perros callejeros, y caminos inundados. Llegamos a una escuela con paredes descarapeladas—excepto una, donde alguien había pintado un jardín de flores.

“Ya llegaron las gringas!”, corrió anunciando el primer niño que nos vió. Mi hija adolescente y yo habíamos viajado desde Estados Unidos para voluntariar enseñando inglés en este pueblito de Costa Rica.

 Había doce niños. La más chiquita, una morenita despeinada, flaquita, y de ojos tristes, iba descalza. No había pizarrón ni nada; solo bancas y un foco pelón.

 Después de una hora de clase, el más vivo de los niños dijo, “Maestras, podemos tener un recreo?”

 Salimos al patio: un cuadrilátero de tierra, nada como el mural de la entrada. “A qué  van a jugar aquí, si no hay nada?” nos preguntamos.

 Cada niño contribuyó una hoja de su único cuaderno. El lidercillo las hizo bola, y magia! Una pelota de futbol! Los niños jugaron, felices, todo el recreo. La carita de la niña de ojos tristes se iluminó. Sus piececitos enlodados, corría tras la pelota con todas las fuerzas de su desnutrido cuerpecito, riéndose a carcajadas.

Los viajes educan. Se graban eternamente en la memoria. Y lo cambian a uno.

 Yo sé que cuando mi hija vio esta escena, se cuestionó el que sus amigos se quejen cuando sus papás no les compran el videojuego o el móvil de moda. Entonces supe que este viaje había cumplido su misión.

Rebecca Finley

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