Al final, la farola lo que tenía era un nido de gorriones. Dicen que alumbró los primeros quince días cuando la pusieron, hace más de treinta años, pero ya no le quedan los cables de la electricidad. No alumbra. Ahí jugábamos a los escondidos porque para eso quedó. La farola era la base que todos debían tocar y decir: “Me colé”. En Cuba decimos así a ese juego añejo que tanto placer y sudor nos provoca.
Fue siempre el punto de encuentro de los muchachos del barrio. Allí decidíamos qué hacer, o qué inventar, porque cuando uno es niño lo único que se hace es inventar y ese es el privilegio de la infancia.
La farola ha sido fuerte. Ha soportado vientos y ha hecho feliz. Ahora ya nadie juega con ella porque los juegos modernos casi no dejan que las niñas y los niños se vean. Los dueños de las compañías no ha creado el juego de los escondidos en versión digital: tal vez no quieren, no les interesa o no pueden.
Yoel Almaguer de Armas.