
El día amaneció gris en el municipio de Los Realejos, sembrado de nubes que escondían el sol. Una ligera brisa y bien orientada presagiaban un destino feliz.
Allí estabas, en el despegue de “La Corona”, mostrando siempre una bonita sonrisa, esperando ese momento deseado.
Recuerdo como en alguna ocasión, nos miraste, con el entrecejo fungido y temerosa como si tuvieras miedo a que el tiempo robara tu tesoro.
Todo pasó rápido después, unos simples gestos con el parapente, una bocanada de aire, y nuestras sombras se desprendían de sus cuerpos.
Ahora, libre como pájaros nos desplazábamos y tú no dejabas de emitir esa sonrisa.
Guiados por el suave viento alisios, a vista de pájaro, nos encontrábamos sobrevolando el abrupto y bello paisaje de las laderas de “Tigaiga”.
Pinos, brezos, palmeras, dragos, plataneras, viñas,… y al fondo: el mar.
¡Tenerife, cuánta riqueza! ¡Cuántos colores! ¡Cuánta diversidad!
Después tocamos las nubes, qué frescura se siente cuando la humedad del aire acaricia tu rostro. El olor a tierra mojada, el perfume de la hierba, son otras de las múltiples sensaciones experimentadas.
El aterrizaje, en la “Playa del Socorro”, fue muy suave gracias a la ligera brisa encarada.
La densa y templada arena negra, fruto de la erosión de la lava volcánica, amortiguaba nuestra llegada.
La gente de la playa se acercaba para vernos, como si caídos del cielo viniésemos.
Nos les faltaba razón: del cielo veníamos, y en el paraíso nos encontrábamos.
Roberto Machín Casañas